sábado, 4 de abril de 2020

Maya Tevet Dayan / Vigésimo día de confinamiento
























Un astrólogo hindú
en internet
pronostica que esta noche
llegaremos al pico.
Aconseja hervir
jengibre con cúrcuma,
cubrirse la cabeza con una toalla 
y aspirar el vapor.
¿En qué puede perjudicarme
poner a hervir otro caldero más
en Tierra Santa?

"¿Y qué mal puede hacerte
beber tres tazas de té negro al día?"
— me pregunta papá.
Es algo que leyó en el wassap.
No siento interés por nada.

Cortamos limón en agua hirviendo,
hacemos gárgaras con sal gruesa,
desinfectamos los cepillos de dientes,
nos cuidamos de tocar el pasamanos
de las escaleras.
El cuerpo podrá ser grande
pero la piel

está tachonada de infinitésimos agujeros.
Me envuelvo en una bufanda,
le doy tres vueltas alrededor de la boca
(eficacia cero, así decía en el diario).
Camino por la cuadra de mi casa
de aquí para allá, veinticinco veces.
Me cruzo ida y vuelta
con el vecino rumano.

Porque descubro ahora que tenía
un vecino rumano, que la lesbiana
que vive en el piso de abajo
ronca de noche,
que mis hijas también están dispuestas
a almorzar en los ocasos.
Contemplo preocupada las estrellas
y me llevo a las nenas a dormir conmigo.

"La humanidad necesita superar estas tinieblas"
— dice el astrólogo. Extiendo las manos,
intento cobijar
con un brazo larguísimo
a las tres.




Traducción: Gerardo Lewin

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