domingo, 11 de diciembre de 2016

Hamutal Bar Josef / Loas al cuerpo





















¡Qué belleza la del cuerpo vivo y cálido,
qué admirable su calor, presente en igual medida
en todos los organismos saludables del mundo!
¡Te alabo, cuerpo vivo y sano!
Abjuré de ti, en mis épocas juveniles.
“¿¡Lo importante es la salud!?”
me burlaba, golpeada por amores y por dietas,
ante mi madre, que entonces supo:
su hija era joven y estúpida.

Mi madre había perdido todos sus dientes tras darme a luz,
así me decía una y otra vez.
¡Mamá, tengo setenta años y la boca llena de dientes!
¡Dientes míos, gracias por haber permanecido a mi lado!
¡Agradezco el que puedan morder rebanadas de pan fresco,
rasgar la carne del muslo desde el hueso, triturar nueces
y masticar una sabrosa ensalada de verduras!
¡Gracias, boca que succionas, degustas, besas, bebes chocolate;
boca repleta de apetitos cambiantes, transitorios, incesantes!

¿Ojos míos, como podría agradeceros el traerme la luz y la belleza?
Gracias por los colores del pavo real cuando extiende su temblorosa cola,
por el rabo de la gata al que el cachorro intenta trepar
y por el jilguero que transformó la rama en un columpio.
¡Queridos oídos! Gracias por las palabras de amor, 
por las bromas y las suites de Bach...
Le diré también a mi nariz, que respira y huele por sus narinas:
¡Gracias, nariz mía y amada!
¡Ah, aromas de salvia y olivarda en los montes, 
a mitad del verano, en pleno día
y en las noches – una ola de embriagador perfume de jazmines!
¡Ah, el vino tinto en los inviernos, con clavo de olor y canela;
el olor atrayente del sudor de un hombre joven!

¡Mis manos, mis buenas manos! En contadas ocasiones
se han tomado la una a la otra.
Se afanan por mí y sólo por mí, de la noche a la mañana:
apilan, alzan, alcanzan, limpian, escriben, abrazan,
nadan, mueven la palanca de cambios.
Están llenas de arrugas pero no se han  secado.
En el dorso de mis manos veo manchas de vejez
y sin embargo mis dedos aún obran milagros
cuando tocan la flauta o teclean, como ahora, con rapidez,
o distribuyen con precisión los signos diacríticos.

¿Y mis piernas? Por regordetas me avergonzaban.
Quería las piernas de Betty Grable o de Marlene Dietrich
pero tenía las de una muñeca panzona.
Las arrastré, sin embargo, 
y en ocasiones también corrí con ellas,
tanto en la playa como en la montaña; 
cumplieron en cuanto pudieron con mi voluntad, 
para bien o para mal.
¡Que no se tuerzan ni se deformen!
¡Que no se encojan ni dejen de llevarme adonde sea!

Queridas plantas del pie, – el pulgar, el meñique – 
os envío una caricia, un amante masaje.
¡Que no se comben ni se endurezcan!

Tímidos órganos internos.
Nada diré de vosotros, aun cuando sois lo principal.
Sólo diré: cuidad ese calor, presente en igual medida
en todos los cuerpos saludables.

Permanece otro poco conmigo, cuerpo amado;
seguid sintiendo junto a mí satisfacción y sed,
vísceras diligentes y esforzadas,
juguetonas,
queribles.




Traducción: Gerardo Lewin




Hamutal Bar-Yosef nació en el kibutz Tel Yosef, en 1940. Obtuvo un doctorado en Literatura Hebrea en la Universidad Hebrea de of Jerusalén, en 1985. Enseñó literatura hebrea en la Universidad Ben-Gurion del Negev hasta el año 2003; actualmente es profesora emérita. Ha sido también docente invitada en Paris, Moscú y en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Publicó muchos poemarios, así como también libros académicos y artículos críticos. Traduce también poetas del idioma ruso, francés e inglés. Entre otras distinciones, ha recibido el Premio Tel Aviv (1987), el Premio ACUM (1987), el Premio Jerusalén de Poesía (1990), el Premio WIZO para Mujeres Creadoras (1999), el Premio Presidente (2002), el Premio Brenner de Poesía (2005), el Premio Yehuda Amichai de Poesía (2011), el Premio ASI (2012), el Premio Ramat Gan de Poesía (2012) y el Galardón ACUM por su obra creativa a lo largo de su vida (2013). Entre sus poemarios figuran Inspirar/Lakahat Avir (1978), Sólo lo verde/Rak Ha-Yarok (1981), El no/Ha-lo (1988), Convalecencia/Havraʹa (2004) y otros. La editorial Vaso Roto publicó una antología de sus poemas bajo el título El lugar donde duele, traducciones de Florinda Goldberg y Mario Wainstein.