lunes, 18 de julio de 2016

Haim Nachman Bialik / En la ciudad de la matanza




















(fragmento)

Levántate y marcha hacia la ciudad de la matanza.
Ve a sus plazas,
observa con tus propios ojos,
palpa con tus propias manos
las cercas, los árboles, las rocas.
Mira: sobre la cal del muro
la sangre coagulada,
los sesos endurecidos de las víctimas.

Encamínate hacia las ruinas,
salta por encima de los desechos,
atraviesa las paredes rotas
y las cocinas incendiadas
en donde la piqueta ha perforado quiebres
y agrandado, ensanchado vacíos,
donde la negra piedra se descubre,
la desnudez del ladrillo calcinado,
abiertas, desesperadas bocas de heridas negras
a las que no puedes aplicar ya cura o medicina,
tus piernas se hunden en plumas y cascotes,
entre pilas de escombros y de astillas,
en la derrota de los libros y los manuscritos,
el despojo del trabajo inhumano,
el redoblado fruto de unas arduas labores…

No te detengas ante los destrozos, sigue tu camino.
Renacen las acacias frente a ti,
derraman su perfume,
entre sus brotes penachos como flechas,
su aroma es el aroma de la sangre;
a tu pesar aspiras el perfume extraño,
la suavidad de la lozanía en tu corazón no te asquea;
con mil flechas doradas te lacera el sol,
siete rayos agreden en esquirlas de vidrios,
pues mi señor convocó, a un mismo tiempo,
a la matanza y a la primavera.


Sale el sol, florece la acacia y degüella el matarife.




Traducción: Gerardo Lewin (con la inestimable colaboración de Yonah Kranz)


lunes, 11 de julio de 2016

Ilan Sheinfeld / La primera vez que leí poesía




















Abre el libro, hijo, y mira
qué bellos poemas escribieron los judíos
hace miles de años, dijo mi padre
cuando me regaló un devocionario.

Lo abrí y leí con mis propios ojos
las plegarias que entonaba el maestro cantor
y que luego la congregación repetía en murmullos:
un grupo de varones de distintas edades
que, envueltos en mantos, se balanceaban
y sudaban en el ámbito del templo.

Yo repito para mí esas palabras,
las paladeo con placer
como las golosinas que se arrojan
en las ceremonias de confirmación (1),
trato de no apresurarme
para no adelantarme al  jazán (2)
y que el dulzor no se desvanezca en mi boca…


(1) En las ceremonias de confirmación (bar/bat mitzvá) es costumbre arrojar golosinas en señal de alegría.
(2) Nombre hebreo del chantre, el cantor litúrgico que lidera a la congregación en los himnos y plegarias.

Traducción: Gerardo Lewin


viernes, 24 de junio de 2016

Diti Ronen / Así ocurrió


















Así ocurrió: / al principio hubo una guerra. / 
Después vino el amor. / Nuevas vidas fueron engendradas / en celeste
y blanco. / La gente creía en la unión, el renacer / la gente
creía: familia / embarazo y parto. // Después llegó
la rutina. / Uno podía pensar / que el mundo se calmó. /
Que la paz llegaría / que no habría más guerras. / Hombre
vuelve abatido / mujer busca ternura. / Hombre cansado /
mujer desesperada. // Después hubo otra guerra. /
Hombre parte hacia el frente / la mujer permanece. / Luego volvió
el amor / entre hombre distinto y mujer / la vida es
otra vez deseable / tiene otra vez un porqué. / Lo que antes
sucedió, borrado fue. // Después llegó la rutina / Uno
podía pensar / que el mundo se calmó. // Después hubo
otra guerra. / Hombre ya no parte hacia el frente / mujer
ya no permanece / amor no hay, ya desde hace mucho. //

Después hubo otra guerra.



Traducción: Gerardo Lewin



Diti (Judith) Ronen nació en 1952 en Tel Aviv. Es profesora y disertante en temas culturales y políticos y se especializa en Teatro y Literatura. Es egresada (cum laude) de la facultad de teatro de la Universidad de Tel Aviv y posee un título de enseñanza en educación especial. Su tesis doctoral  versa acerca de "cambios en el yo infantil de niños con dificultades de aprendizaje tras la experiencia de teatro de títeres". Ha publicado tres poemarios.

sábado, 11 de junio de 2016

Israel Pinkas / Cine mudo































El film documental que versa sobre mí está por concluir
y algunos, entre el público, han comenzado a salir:
los finales son siempre intrascendentes y sabidos de antemano.

Queda ya claro, ahora, que no lograré cruzar el Amazonas,
que no llegaré a ese encuentro en Almagro
y que no bailaré otro tango cantado por Gardel.

La mujer, golpeada por las drogas y el amor,
caerá en la depresión y se suicidará esa misma noche
en su habitación, en el hotel.
Su carta póstuma sólo despertará sospecha y nuevas dudas.

Queda ya claro, ahora, que habría sido preferible
que todo este asunto no hubiera comenzado
del modo en el que, ciertamente, comenzó.

No hubo en esta vida, para los demás, nada de interesante o ejemplar.
Se extendió a lo largo de tres continentes y por un tiempo
tan breve que resulta imposible delinear un retrato acabado.

Quedan en ella grabados los despegues y aterrizajes imprevistos
que fueron, en general, a dar en nada.
Antes de terminar, pueden aún observarse
los gestos espasmódicos de quien parece exigir algo:
voces y murmullos que no han dejado registros.




Traducción: Gerardo Lewin


domingo, 5 de junio de 2016

Shajar Mario Mordejai / Historia del porvenir




















Ya terminaron esos sufrimientos.
No más llantos. En un antiguo álbum
ves el rostro de un niño judío
quince minutos antes de morir.
Tus ojos están secos.
Calientas la tetera,
tomas té, comes una manzana.
Vivirás.
    
«Sentencia de vida», Adam Zagajewski,
traducido del polaco por Renata Gorczynska





Prometen, otra vez, la nueva era.
Ya puedes verla: en posición fetal,
su nacimiento está cercano. Dicen:
“Será un mundo nuevo”, pero ésta
es la historia del porvenir:

En algún sitio, en un punto de la línea del tiempo,
se solicitarán acreditación y documentos.
Será un empleado de una oficina pública
o un oficial de aduanas en un aeropuerto,
aunque en cualquier edad del mundo podrá
un gendarme requerir tu identificación.

Vale decir: en algún lugar alguien habrá que falsifique pasaportes

y en algún momento se dispondrá un ejército a invadir una ciudad.
Llámense Praga, Bagdad o Nueva York. Cualquier nombre es posible.
Cosas - muchas - ocurrirán al amparo de la noche.
Golpes en la puerta, arrestos rutinarios.
Un padre a quien arrancarán de brazos de su hija.
Su desaparición.
Mucho sucederá, también, a plena luz del día.
Robos.
Violaciones.
Matanzas.
En el mercado del pueblo y en la bolsa de valores, actividad normal,
lo mismo que el pogrom.

Pronto se sumará la muchedumbre:
escribirán grafiti contra ésta o aquélla minoría
en tal o cual contexto. Exigirán se dicte
la prohibición de entrar al continente, al país
o al supermercado.
En la puerta habrá un cachorro que aguarda por su dueño,
alguien dejará atrás sus libros y sus fotografías,
sus viejas mantas, el lujoso sillón en el que fue feliz
y a su amante,
pero no olvidará llevarse un sobretodo
con bolsillos. Eso, mientras pueda fugarse
con su propio rostro, con algo de efectivo.
Muchos escaparán a pie
y otros huirán en el ferrocarril.

No hay fugitivo sin su perseguidor.
Para cada refugio hay una tormenta.
El mundo es la culata de un revólver
y la noche, el centelleo de la luz policial.

Un hombre al menos - ¿acaso tú? - vagará
por la ruta, ansiando llegue el fin. Allí está, vedlo,
recostado contra la muralla de sombras;
los botes que navegan la corriente del río
y las patrullas que recorren el puente
lo atrapan
por un breve segundo.
Salta.
O se queda. Pero logra desaparecer,
como un paisaje entrevisto a través de la ventana.

¿Eres tú aquel que está mirando? 



Traducción: Gerardo Lewin



Shajar Mario Mordejai nació en 1975 en Haifa. Actualmente reside en Tel Aviv. El nombre "Mario" es en recuerdo de un abuelo italiano. Es egresado de la Facultad de comunicación y Ciencias Políticas de la Universidad de Haifa. Ha escrito tres poemarios y en la actualidad se dedica a la docencia. En 2010 ganó el concurso de poesía de la Municipalidad de Tel Aviv, "Poesía en las calles". 

jueves, 26 de mayo de 2016

Israel Eliraz / Si me preguntaran...




















Si me preguntaran, ¿qué irá a ocurrir?
respondería, veremos.

Después, me gustaría morir antes que yo.

Las aguas se han detenido y han cubierto los montes
(como en Salmos 104) y nosotros nos comemos
a la tierra, que a su vez nos devora.

Por ahora, sólo podemos apoyarnos en la poesía
para negociar con los vientos que soplan
sobre la transitoria carne.

Habría que entorpecer la lengua un poco
para que se tropezara, para que se derrame,
para que despertemos.

Déjalo, no cambiarás el mundo. No han estallado aún
las verdaderas, las grandes batallas del pensamiento...



Traducción: Gerardo Lewin


martes, 17 de mayo de 2016

Abraham Ben-Itzjak / Felices los que siembran...






























Felices los que siembran y no cosechan
pues se alejarán, errantes.

Feliz el generoso, el que da y derrama
su esplendor juvenil sobre la luz del disperso día
y en el cruce de caminos renuncia a sus tesoros.

Feliz del soberbio cuyo orgullo sobrepasa los límites del alma
y se transforma en la clara humildad
que sigue al arcoiris si atraviesa una nube.

Felices los que saben, 
su corazón los llama desde el desierto
y en sus labios florecerá el mutismo.

Felices ellos pues serán sumados al latido del mundo,
vestirán la túnica de la desmemoria
y será con ellos sempiterno silencio.



Traducción: Gerardo Lewin



Abraham Ben-Itzjak (nacido Sonne, Galizia 1883 – Tel Aviv 1950) fue un poeta israelí. En 1938 se radica en Tel Aviv, luego de la ocupación alemana de Viena. En 1950 muere a consecuencia de la tuberculosis. Sólo alcanzó a publicar once poemas en toda su vida, los cuales (junto a algunos otros, inéditos) fueron redescubiertos tras su muerte. Fue amigo de Elias Canetti, con quien se encontró en 1933. Canetti lo retrata como el doctor Sonne en sus libros autobigráficos, en los que aparece como un erudito interesado en la religión, la filosofía, la psicología y la sociología. Fue también amigo de James Joyce y de la poeta Leah Goldberg.