(fragmento)
Levántate y marcha hacia
la ciudad de la matanza.
Ve a sus plazas,
observa con tus
propios ojos,
palpa con tus propias
manos
las cercas, los árboles, las rocas.
Mira: sobre la cal del
muro
la sangre coagulada,
los sesos endurecidos de
las víctimas.
Encamínate hacia las
ruinas,
salta por encima de
los desechos,
atraviesa las paredes
rotas
y las cocinas
incendiadas
en donde la piqueta ha
perforado quiebres
y agrandado, ensanchado
vacíos,
donde la negra piedra se
descubre,
la desnudez del
ladrillo calcinado,
abiertas, desesperadas bocas de heridas negras
a las que no puedes
aplicar ya cura o medicina,
tus piernas se hunden
en plumas y cascotes,
entre pilas de escombros y de astillas,
en la derrota de los libros
y los manuscritos,
el despojo del trabajo
inhumano,
el redoblado fruto de unas
arduas labores…
No te detengas ante los
destrozos, sigue tu camino.
Renacen las acacias frente
a ti,
derraman su perfume,
entre sus brotes penachos
como flechas,
su aroma es el aroma de
la sangre;
a tu pesar aspiras el perfume extraño,
la suavidad de la lozanía
en tu corazón no te asquea;
con mil flechas
doradas te lacera el sol,
siete rayos agreden en
esquirlas de vidrios,
pues mi señor convocó,
a un mismo tiempo,
a la matanza y a la
primavera.
Sale el sol, florece la
acacia y degüella el matarife.
Traducción: Gerardo Lewin (con la inestimable colaboración de Yonah Kranz)







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